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| La Puerta del Sol, durante la tarde de ayer sábado. |
Parecían un puñado de perdidos invitados de alguna boda snob
en mitad de la capital española. Facebook y Twitter los habían reunido para aquel
bello enlace entre la indignación y el sarcasmo, entre la ira y la creatividad,
entre el hastío y la fiesta (y, como dicen, lo que unen las redes sociales, que
no lo separe nadie).
Así pues la Puerta del Sol madrileña tenía ayer sábado
sobre las seis de la tarde una pequeña aunque vistosa cicatriz muy estilosa en el acceso acristalado a
las instalaciones de Metro y Cercanías. Los curiosos y
turistas miraban a tan estrafalario grupo con miedo y sorpresa, mientras un par
de cámaras de televisión y muchos flashes
de fotógrafos aficionados adornaban la escena. Esta era, desde luego, de lo
más variopinta: caballeros con bombines y trajes a conjunto sujetaban copas de
plástico rellenas de zumo o agua con gas, mientras las damas, con elegantes
abanicos y tocados, hacían lo propio para evitar no derretirse ante un sol
juguetón de tan pronto las acaloraba como las hacía parapetarse del viento tras
sus pliegues de seda barata.
Tratando de liderar a esta corte improvisada nacían de la
nada pequeños soldados uniformados, transformados con atuendos circenses y
bucaneros cercanos a la sorna, que hacían sus ejercicios militares
rocambolescos entre risas de cóctel y plumas empapadas en purpurina, quien sabe
si formando un pelotón de guardaespaldas protectores para sus señores y
señoras.
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| Guardia protectora de los sibaritas. |
Había desconcierto y poca organización. Una de las baronesas
segundas, envuelta en sus mejores galas de mujer fatal, alzaba su voz entre el
griterío para indicar a sus congéneres que los carruajes estaban listos. Pero
no iban en caballos. Iba a ir bajo ellos, a lomos del mismísimo Metro de
Madrid.
La verdadera protesta entonces comenzaba. “El Tarifazo es un
Lujazo” era su lema. Los recortes económicos del gobierno habían encendido la
creatividad y la guasa de los ciudadanos que, por un día, habían decidido
convertirse en auténticos sibaritas del transporte público utilizando un medio
considerado hoy ya según ellos como la crème-de-la-créme
en el acortamiento de distancias.
El Metro ya no es cosa de pobres
Los caballeros y damas, junto con su séquito personal
uniformado cual película de la II Guerra Mundial, se sumergían pues en las entrañas del
subsuelo para adentrarse en el Metro de Madrid. El pago de la entrada era algo
que consideraban intranscendente, por lo visto, y mientras sus
guardaespaldas-bufones distraían a reporteros y seguridad del
transporte-mazmorra madrileño con un teatrillo de muerte bélica que hacía
llevar a los espectadores al estupor, algunos ricachones pasaban las barreras
entre la confusión y las sonrisas engalanadas para reunirse con más de sus
secuaces de perlas plastificadas.
Pronto la multitud crecía. Los vestidos de oro falso y
diamantes de chiribitas se reproducían por esporas, mientras los coros de la performance comenzaban a hacerse notar
entre chiquillos, abucheos y mil otros sonidos inteligibles. Algunos
simpatizantes menos elegantes se unían a la causa. La tensión y preocupación
entre los guardianes de la serpiente subterránea era más que notable según
aumentaba la masa opulenta en risa e ironía. Esta iba a hacer uso del servicio:
la línea 1 de metro, dirección Pinar de Chamartín, ya estaba preparada.
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Arriba, los protestantes se entrevistan entre sí.
Abajo, las dos "Duquesas" beben mientras son filmadas por un cámara. |
Doce meses de recortes
El interior de los vagones no era tan espacioso como
aquellos millonarios creían, pero a pesar de las estrecheces del espacio y del
calor humano reinante en su transporte predilecto, la fiesta no podía parar.
Durante la media hora de trayecto hasta el Pinar de Chamartín, los cánticos y
las charlas no cesaron. Se produjeron algunos brindis incluso y muchas
alabanzas hacia las duquesas barrocas, tan queridas por estos, que saludaban grácilmente,
coquetas. Las pancartas de papiros eran izadas y golpeadas contra el cristal de
los vagones, incitando en cada estación a aquellos despistados sobre su causa
gritando alegres aunque con un cierto retintín.
Como si fuera Fin de Año, se bendijeron y aplaudieron cada
uno de los siguientes meses de recortes que los ciudadanos íbamos a disfrutar.
Algunas pegatinas fosforitas, colocadas en las pecheras de los millonarios
madrileños, empezaron a desmadrar el evento con la consigna: “Proponemos otro
tipo de recortes”, que acompañaba el dibujo de una guillotina. Pero no rodaron
cabezas. La masa opulenta en risa e
ironía llegó al Pinar de Chamartín, aún más numerosa si cabe y todavía
acompañada de su séquito, pero sin derramamiento de sangre... aunque quizá no
de limonada (este transporte tan preciado, ya se sabe, no elimina ciertos
sobresaltos durante el trayecto).
Ocupando la mitad del andén central, ricos y soldados reían, cantaban,
bebían y gritaban sus consignas sin parar de saltar, drogados por la euforia y
la adrenalina. Los escasos pasajeros, que aún desconocían su meta, los miraban
con escepticismo mientras los guardias rodeaban a la masa hilarante con
preocupación y disciplina.
Finalmente, el comité de nuevo subió a los vagones, esta vez
de regreso hacia la Puerta de Sol. Algunos de los guardianes de la serpiente subterránea
quedaron en la estación mientras susurraban a sus celulares de contacto órdenes
apenas entendibles. Tenían miedo a un boicot en las líneas y a que la protesta
se desmadrara en exceso. La masa falsamente ricachona se dividía y era más
difícil no perderla de vista: los protestantes pretendían viajar en
prácticamente todos los trenes que tuvieran la ruta Pinar de Chamartín-Puerta
del Sol para así comunicar más eficazmente su malestar a los viajeros.
No obstante, por último, todos los festejantes terminaron
concluyendo en el lugar de inicio, la Puerta del Sol, y, entre sorbitos de
champán sin alcohol y algún que otro pisotón, continuaron coreando sus
canciones hasta que se les terminó la voz mientras todavía parte de su público
se hallaba desconcertado ante el espectáculo.
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| Dos jóvenes posan con una de las pancartas de la protesta. |
Cristina García Ruiz