Francisco I. Ese es el
nombre del nuevo papa, más conocido anteriormente como Jorge Bergoglio. Elegido
hace una escasa semana, este argentino es el primer papa de procedencia
iberoamericana y el primer jesuita que se incorpora a este cargo.
Tras la renuncia de
Benedicto XVI, Adolfo González Montes comenta en el Servicio de Información Católica (SIC) los problemas a los que se enfrenta el nuevo pontífice — o más
bien, repite lo que muchos otros obispos, cardenales e incluso expertos no eclesiásticos ya han dicho — . Lograr una mayor evangelización, resolver los
casos de pederastia entre los miembros del sacerdocio o dar una imagen de
transparencia económica dentro de la Iglesia Católica son solo algunos de los
objetivos que debe cumplir Francisco I. Pero... ¿acaso estas metas las ha
elegido el propio Bergoglio?
La Iglesia Católica no
es proclive a dar información sobre la toma de sus decisiones internas. La
elección de un nuevo papa se hace siempre a puerta cerrada, sin ojo extraño que
observe, y el resultado se transmite por señales de humo. Tras ello, el nuevo
papa elige una identidad nueva — su nombre eclesiástico —, un escudo que lo
represente y un lema con el que resumir su legado. A partir de entonces, sus
discursos, su vestuario e incluso sus gestos pasarán a estar reglados a través
de las normas de los asesores papales, de una forma mucho más rígida que en el
caso de cualquier otro jefe de Estado. El papa entonces, aunque quiera, no podrá
elegir nada más. Ni siquiera será una figura representativa, sino solo un líder
sin voz, un títere, dentro de la organización más hermética del mundo.
Cristina García Ruiz