martes, 26 de febrero de 2013

El último ingrediente

Al inicio de la crisis, allá por el 2008, el director de cine alemán Dennis Gansel decidió lanzar a la pantalla un filme titulado ‘Die Welle’ (‘La ola’). La película, que juguetea con la hipótesis del posible regreso de los movimientos fascistas al país germano, obtuvo buenas críticas y fue número uno en taquilla. Durante una entrevista al diario “El Mundo” aquel mismo año, Gansel explicaba: “No creo que en Alemania vuelva a surgir un Tercer Reich, pero con la agudización de la crisis económica pueden incrementarse los apoyos a grupos de extrema derecha”.
 
Cambiemos de escenario: hoy, España. Este sábado fue el 32º aniversario del último golpe de Estado (“militar, por supuesto”) de este país, el conocido como 23-F. Pero la opinión pública española apenas tuvo tiempo para homenajes con motivo de tal fecha. Los ojos de los ciudadanos estaban fijos en la manifestación madrileña de la Marea Ciudadana. Telemadrid comentaba en referencia a esta en sus informativos del lunes que “los disturbios de Madrid estuvieron promovidos por grupos radicales”.
 
A pesar de que ni el 23-F es comparable con el III Reich ni España es el mismo país que Alemania, ambas situaciones tienen ingredientes similares: un pasado turbio, una crisis económica en el presente de la que nacen grupos radicales y mucho miedo por repetir los errores en un futuro. Las palabras de Gansel bien podrían aplicarse a España: no, no parece probable un nuevo 23-F. Pero hay algo que matizar: todavía, ni en Alemania ni en España, se ha producido un desencadenante, un problema no coyuntural que haga repetir la Historia. Ese es el ingrediente que falta y del que el director pareció olvidarse.
 
Cristina García Ruiz

martes, 19 de febrero de 2013

La Transición inventada

Quisiera proponerles un ejercicio: agarren un manual cualquiera de Historia española y ojeen sus páginas. Indaguen, descubran, investiguen sus orígenes. Esta sencilla actividad les valdrá para juzgar algunos “articulillos” de las principales cabeceras, cuyos profesionales deberían cuidar el uso que hacen de sus hemerotecas (si acaso las usan), y quizá les sirva además para entender la realidad mejor que con la lectura de periódicos.
Este pequeño consejo que les mando no tiene más justificación que la lectura de “Cómo reconstruir el futuro”, un decálogo de sugerencias para salir de la crisis escrito por “El País”. Algunas de estas proposiciones, como mejorar la Sanidad o reformar las pensiones, no dan la impresión de ser descalabradas en un sentido económico o social. Pero no todas las propuestas resultan acertadas jurídicamente, al igual que tampoco el lenguaje usado lo es.
“El País” habla de una “Segunda Transición” en el presente. Cualquier manual de Historia de España llevará impreso en sus páginas que la Transición es un periodo ya acabado y sin segundas partes. La (¿Primera?) Transición tuvo como fin la democracia y como estandarte jurídico la Constitución. Es cierto que esta ha sufrido reformas, pero nunca por procedimiento agravado. Y es precisamente esta vía la necesaria para lograr el Estado federal que plantea “El País”. El periódico parece obviar también que la no federalidad es uno de los siete principios básicos del Estado autonómico; si destruimos este, ¿debemos acabar también con el principio de igualdad? Tal vez las ideas del diario sean buenas, pero su puesta en práctica y el lenguaje usado no han sido bien meditados.
 
 
Cristina García Ruiz
 

martes, 12 de febrero de 2013

Portavoces sin sueldo


                                 
Comparecencia "presencial" de Mariano Rajoy sobre el caso Bárcenas

 
"Sólo me hacen falta dos palabras: es falso", negaba tozudamente Mariano Rajoy en su comparecencia este sábado respecto a su involucramiento en el caso Bárcenas. Un enjambre de periodistas tomaba nota de sus palabras, pero estas carecían de importancia ante el modo de comunicación que el presidente había usado para expresarlas: un televisor.
 
Sin presencia, sin posibilidad de preguntar, sin derecho a réplica, aquello recordaba a un relato de ficción del estilo de ‘1984’. La labor periodística en aquella sala se limitaba a transcribir un discurso, borbotado por una caja tonta, y a transmitirlo en una nueva faceta laboral poco inquisitiva: el portavoz, esto es, alguien que representa a un grupo o institución y habla en su nombre. Se podría considerar entonces al periodista como un portavoz de su medio, de la filosofía comunicativa de este, de la información misma. Sin embargo, no sería adecuado definir a un periodista como portavoz de un político... o así debería ser. Las utopías siempre difieren mucho de la realidad laboral, especialmente en el mundo periodístico.
 
Es curioso que Mariano Rajoy desee limpiar su nombre, aclarar sus escándalos e incluso publicar sus gastos e ingresos personales (aun cuando gran parte de ellos no son obra de su labor como político, según él), pero no desea bajo ningún concepto ser cuestionado, investigado, preguntado, interrogado, consultado o siquiera curioseado por una persona que transporta un micrófono o una grabadora. ¿Acaso Rajoy no se ha dado cuenta? No es necesario que sienta pavor ante la presencia de los periodistas, ya que estos resultan inofensivos, pues ni siquiera protestan ante la "falsa" presencia de un líder cobarde. Ahora ellos ya no son más que sus reconvertidos y nuevos portavoces sin sueldo.
 
 
 
 
 
Cristina García Ruiz
 

lunes, 4 de febrero de 2013

Historia de una nación accidentada


Existe en España la creencia de que la monarquía es un accidente: un daño colateral, nacido de una transición política delicada y taciturna, del que es absurdo enorgullecerse. Los habitantes de este país han olvidado que la Historia de España se ha labrado bajo el yugo de dinastías y sangre azul. La palabra república resultó en su momento casi un descubrimiento para los españoles, dividido en dos volúmenes que apenas juntaron seis años sin reyes en su totalidad. Ahora que don Juan Carlos se tambalea por la edad y los escándalos de su familia política, parece inevitable pensar en la convocatoria de un referéndum que lleve por bandera la dicotomía: ¿Monarquía o República?

El problema es que los españoles de hoy olvidan quiénes son y qué quieren. España es una nación accidentada, con el camino repleto de coronas. La república resulta tentadora en esta época de crisis política, social y económica y parece la ansiada respuesta a los problemas. Pero ¿verdaderamente la III República es la solución?

España desea ser vista como moderna, próspera y transparente. ¿Acaso no existen países modernos, prósperos, transparentes y monárquicos? No se oyen voces contra Inglaterra, Suecia u Holanda, cuyos reinados son mucho menos económicos que el español. Una posible república española podría ser más justa en un sentido constitucional, pero también más cara. Sopesando la situación de corrupción política actual, ¿está usted dispuesto a sustituir este actual e histórico accidente con corona por un republicano más costoso pero tan constitucional como toda la cúpula de Bárcenas? Esa es la pregunta que debería ser planteada en un posible referéndum tras la muerte del actual monarca.
Cristina García Ruiz