Aquí tú tomas la palabra. Yo solo escribo: soy tu mercenaria de la información. Descríbeme qué es lo que querrías que saliera en los periódicos y yo lo plasmaré aquí. Soy periodista en la sombras, nómada de la opinión. Mañana puedo tirar por tierra todas mis creencias de hoy. Todo para que tú hables, para que NO TE CALLES. Aquí el protagonista eres TÚ.
El Mercado Cervantino de Alcalá, el más grande de Europa, ha recibido 325.000 visitantes, cifra aportada por el alcalde complutense Javier Bello. El sábado fue el día de más afluencia de público, con 180.000 personas recorriendo los 500 puestos del Mercado Cervantino, 100 más que el año anterior. El Mercado Cervantino forma parte de la programación de la Semana Cervantina, Fiesta de Interés Turístico Regional, con la que Alcalá homenaje a su hijo más ilustre, Miguel de Cervantes.
Francisco I. Ese es el
nombre del nuevo papa, más conocido anteriormente como Jorge Bergoglio. Elegido
hace una escasa semana, este argentino es el primer papa de procedencia
iberoamericana y el primer jesuita que se incorpora a este cargo.
Tras la renuncia de
Benedicto XVI, Adolfo González Montes comenta en el Servicio de Información Católica (SIC) los problemas a los que se enfrenta el nuevo pontífice — o más
bien, repite lo que muchos otros obispos, cardenales e incluso expertos no eclesiásticos ya han dicho — . Lograr una mayor evangelización, resolver los
casos de pederastia entre los miembros del sacerdocio o dar una imagen de
transparencia económica dentro de la Iglesia Católica son solo algunos de los
objetivos que debe cumplir Francisco I. Pero... ¿acaso estas metas las ha
elegido el propio Bergoglio?
La Iglesia Católica no
es proclive a dar información sobre la toma de sus decisiones internas. La
elección de un nuevo papa se hace siempre a puerta cerrada, sin ojo extraño que
observe, y el resultado se transmite por señales de humo. Tras ello, el nuevo
papa elige una identidad nueva — su nombre eclesiástico —, un escudo que lo
represente y un lema con el que resumir su legado. A partir de entonces, sus
discursos, su vestuario e incluso sus gestos pasarán a estar reglados a través
de las normas de los asesores papales, de una forma mucho más rígida que en el
caso de cualquier otro jefe de Estado. El papa entonces, aunque quiera, no podrá
elegir nada más. Ni siquiera será una figura representativa, sino solo un líder
sin voz, un títere, dentro de la organización más hermética del mundo.
John
F. Kennedy, Francisco Franco, Augusto Pinochet, Muamar el Gadafi y Hugo Chávez.
Cinco personalidades relacionadas con cinco naciones: Estados Unidos, España,
Chile, Libia y Venezuela. Cada uno de estos hombres ha marcado la Historia de
estos países. Algunos usaron su carácter dictatorial para cambiar su nación,
mientras que otros se valieron de la democracia. Sin embargo, todos son ya
Historia, todos han fallecido, pero existe una diferencia particular con uno de
los difuntos, Hugo Chávez.
El
más reciente de estos cadáveres, el del líder venezolano, solo puede verse si
acudimos a su capilla ardiente en Caracas, Venezuela. Ni fotografías ni vídeos
detallados nos acercan la imagen del comandante. Tan solo unos discretos planos
generales del velatorio tomados por una cámara semi-profesional y las declaraciones
de los ciudadanos de Venezuela nos ayudan a visualizar el cuerpo del líder, “muy
rejuvenecido” tras la muerte.
Mientras
sus colegas políticos ya fenecidos fueron fotografiados posando desde el ataúd
(algunos de ellos luciendo las terribles heridas que causaron su muerte), la
mano derecha de Chávez, Nicolás Maduro, ha decidido mantener a su cabecilla en
el mismo anonimato en el que vivió su enfermedad. Pero el puritanismo de Maduro
no es más que otra forma de exaltar la figura de Chávez y de hacer propaganda
política como nuevo comandante del país: el líder ha muerto, pero la revolución sigue viva en el corazón del pueblo, un pueblo con el corazón roto, que añora a
Chávez, y del que Maduro no tiene problema en aprovecharse con un discurso tan
populista como el de su antecesor.
Ingobernable.
Así calificaba “El País” la situación política italiana en uno de sus últimos editoriales de febrero. El resultado de las elecciones en la nación mediterránea
no deja de ser una sorpresa, pero no es, desde luego, tan tremendamente
catastrófico como vaticinaba el periódico.
La
noticia de que Italia debe gobernar en coalición no es en sí una noticia. De
hecho, nunca ha sido noticia tal cosa. Ya en el año 1994 “Forza Italia”, el
partido político de Silvio Berlusconi, necesitó el apoyo de “Liga Norte” y ambos
gobernaron en una coalición de centroderecha. No es el único caso. Ya sea con
matices conservadores o liberales, coalición es el sello político de Italia. Esta
marca es un símbolo propio del país, que hasta el siglo XIX no era más que un
puñado de Estados fragmentados y enfrentados entre sí, los cuales fueron
unificados como una misma nación y obligados a trabajar unidos, esto es, en una
especie de coalición nacional.
Sin
embargo, al otro lado del Mediterráneo, en España el concepto de coalición suena
a inestabilidad. La experiencia de esta política ya resultó bastante
controvertida en Cataluña con el tripartito de Pasqual Maragall, Joan Saura y Josep
Lluís Carod-Rovira. España es, por tanto, un país acostumbrado al bipartidismo,
aunque en la actualidad plataformas ciudadanas, como el 15-M, indican estar
hartas de esta “tradición”.
La
renovación es una buena táctica política. No hace falta imitar a los italianos
y su “coalizione”, pero un bipartidismo menos rígido, con un consenso más
profundo con reminiscencias italianas, podría gustar a todos.
Al
inicio de la crisis, allá por el 2008, el director de cine alemán Dennis Gansel
decidió lanzar a la pantalla un filme titulado ‘Die Welle’ (‘La ola’). La
película, que juguetea con la hipótesis del posible regreso de los movimientos
fascistas al país germano, obtuvo buenas críticas y fue número uno en taquilla.
Durante una entrevista al diario “El Mundo” aquel mismo año, Gansel explicaba: “No
creo que en Alemania vuelva a surgir un Tercer Reich, pero con la agudización
de la crisis económica pueden incrementarse los apoyos a grupos de extrema
derecha”.
Cambiemos
de escenario: hoy, España. Este sábado fue el 32º aniversario del último golpe
de Estado (“militar, por supuesto”) de este país, el conocido como 23-F. Pero
la opinión pública española apenas tuvo tiempo para homenajes con motivo de tal
fecha. Los ojos de los ciudadanos estaban fijos en la manifestación madrileña de
la Marea Ciudadana. Telemadrid comentaba en referencia a esta en sus informativos del lunes que “los disturbios de Madrid estuvieron promovidos por
grupos radicales”.
A
pesar de que ni el 23-F es comparable con el III Reich ni España es el mismo
país que Alemania, ambas situaciones tienen ingredientes similares: un pasado
turbio, una crisis económica en el presente de la que nacen grupos radicales y mucho
miedo por repetir los errores en un futuro. Las palabras de Gansel bien podrían
aplicarse a España: no, no parece probable un nuevo 23-F. Pero hay algo que
matizar: todavía, ni en Alemania ni en España, se ha producido un
desencadenante, un problema no coyuntural que haga repetir la Historia. Ese es
el ingrediente que falta y del que el director pareció olvidarse.
Quisiera
proponerles un ejercicio: agarren un manual cualquiera de Historia española y
ojeen sus páginas. Indaguen, descubran, investiguen sus orígenes. Esta sencilla
actividad les valdrá para juzgar algunos “articulillos” de las principales cabeceras,
cuyos profesionales deberían cuidar el uso que hacen de sus hemerotecas (si acaso
las usan), y quizá les sirva además para entender la realidad mejor que con la
lectura de periódicos.
Este
pequeño consejo que les mando no tiene más justificación que la lectura de “Cómo reconstruir el futuro”, un decálogo de sugerencias para salir de la crisis
escrito por “El País”. Algunas de estas proposiciones, como mejorar la Sanidad
o reformar las pensiones, no dan la impresión de ser descalabradas en un sentido
económico o social. Pero no todas las propuestas resultan acertadas jurídicamente,
al igual que tampoco el lenguaje usado lo es.
“El
País” habla de una “Segunda Transición” en el presente. Cualquier manual de
Historia de España llevará impreso en sus páginas que la Transición es un
periodo ya acabado y sin segundas partes. La (¿Primera?) Transición tuvo como
fin la democracia y como estandarte jurídico la Constitución. Es cierto que
esta ha sufrido reformas, pero nunca por procedimiento agravado. Y es
precisamente esta vía la necesaria para lograr el Estado federal que plantea “El
País”. El periódico parece obviar también que la no federalidad es uno de los
siete principios básicos del Estado autonómico; si destruimos este, ¿debemos
acabar también con el principio de igualdad? Tal vez las ideas del diario sean
buenas, pero su puesta en práctica y el lenguaje usado no han sido bien meditados.
Comparecencia "presencial" de Mariano Rajoy sobre el caso Bárcenas
"Sólo me hacen falta
dos palabras: es falso", negaba tozudamente Mariano Rajoy en su
comparecencia este sábado respecto a su involucramiento en el caso Bárcenas. Un
enjambre de periodistas tomaba nota de sus palabras, pero estas carecían de
importancia ante el modo de comunicación que el presidente había usado para
expresarlas: un televisor.
Sin presencia, sin posibilidad de preguntar, sin derecho a
réplica, aquello recordaba a un relato de ficción del estilo de ‘1984’. La
labor periodística en aquella sala se limitaba a transcribir un discurso, borbotado
por una caja tonta, y a transmitirlo en una nueva faceta laboral poco inquisitiva:
el portavoz, esto es, alguien que representa a un grupo o institución y habla
en su nombre. Se podría considerar entonces al periodista como un portavoz de
su medio, de la filosofía comunicativa de este, de la información misma. Sin
embargo, no sería adecuado definir a un periodista como portavoz de un político...
o así debería ser. Las utopías siempre difieren mucho de la realidad laboral,
especialmente en el mundo periodístico.
Es curioso que Mariano Rajoy desee limpiar su nombre,
aclarar sus escándalos e incluso publicar sus gastos e ingresos personales (aun
cuando gran parte de ellos no son obra de su labor como político, según él),
pero no desea bajo ningún concepto ser cuestionado, investigado, preguntado, interrogado, consultado
o siquiera curioseado por una persona que transporta un micrófono o una
grabadora. ¿Acaso Rajoy no se ha dado cuenta? No es necesario que sienta pavor
ante la presencia de los periodistas, ya que estos resultan inofensivos, pues ni
siquiera protestan ante la "falsa" presencia de un líder cobarde. Ahora ellos ya no son
más que sus reconvertidos y nuevos portavoces sin sueldo.
Existe en España la creencia de que la monarquía es un accidente: un daño colateral, nacido de una transición política delicada y taciturna, del que es absurdo enorgullecerse. Los habitantes de este país han olvidado que la Historia de España se ha labrado bajo el yugo de dinastías y sangre azul. La palabra república resultó en su momento casi un descubrimiento para los españoles, dividido en dos volúmenes que apenas juntaron seis años sin reyes en su totalidad. Ahora que don Juan Carlos se tambalea por la edad y los escándalos de su familia política, parece inevitable pensar en la convocatoria de un referéndum que lleve por bandera la dicotomía: ¿Monarquía o República?
El problema es que los españoles de hoy olvidan quiénes son y qué quieren. España es una nación accidentada, con el camino repleto de coronas. La república resulta tentadora en esta época de crisis política, social y económica y parece la ansiada respuesta a los problemas. Pero ¿verdaderamente la III República es la solución?
España desea ser vista como moderna, próspera y transparente. ¿Acaso no existen países modernos, prósperos, transparentes y monárquicos? No se oyen voces contra Inglaterra, Suecia u Holanda, cuyos reinados son mucho menos económicos que el español. Una posible república española podría ser más justa en un sentido constitucional, pero también más cara. Sopesando la situación de corrupción política actual, ¿está usted dispuesto a sustituir este actual e histórico accidente con corona por un republicano más costoso pero tan constitucional como toda la cúpula de Bárcenas? Esa es la pregunta que debería ser planteada en un posible referéndum tras la muerte del actual monarca.