domingo, 20 de mayo de 2012

Crónica de un "Tarifazo"

La Puerta del Sol, durante la tarde de ayer sábado.
Parecían un puñado de perdidos invitados de alguna boda snob en mitad de la capital española. Facebook y Twitter los habían reunido para aquel bello enlace entre la indignación y el sarcasmo, entre la ira y la creatividad, entre el hastío y la fiesta (y, como dicen, lo que unen las redes sociales, que no lo separe nadie).

Así pues la Puerta del Sol madrileña tenía ayer sábado sobre las seis de la tarde una pequeña aunque vistosa cicatriz muy estilosa en el acceso acristalado a las instalaciones de Metro y Cercanías. Los curiosos y turistas miraban a tan estrafalario grupo con miedo y sorpresa, mientras un par de cámaras de televisión y muchos flashes de fotógrafos aficionados adornaban la escena. Esta era, desde luego, de lo más variopinta: caballeros con bombines y trajes a conjunto sujetaban copas de plástico rellenas de zumo o agua con gas, mientras las damas, con elegantes abanicos y tocados, hacían lo propio para evitar no derretirse ante un sol juguetón de tan pronto las acaloraba como las hacía parapetarse del viento tras sus pliegues de seda barata.

Tratando de liderar a esta corte improvisada nacían de la nada pequeños soldados uniformados, transformados con atuendos circenses y bucaneros cercanos a la sorna, que hacían sus ejercicios militares rocambolescos entre risas de cóctel y plumas empapadas en purpurina, quien sabe si formando un pelotón de guardaespaldas protectores para sus señores y señoras.
Guardia protectora de los sibaritas.

Había desconcierto y poca organización. Una de las baronesas segundas, envuelta en sus mejores galas de mujer fatal, alzaba su voz entre el griterío para indicar a sus congéneres que los carruajes estaban listos. Pero no iban en caballos. Iba a ir bajo ellos, a lomos del mismísimo Metro de Madrid.

La verdadera protesta entonces comenzaba. “El Tarifazo es un Lujazo” era su lema. Los recortes económicos del gobierno habían encendido la creatividad y la guasa de los ciudadanos que, por un día, habían decidido convertirse en auténticos sibaritas del transporte público utilizando un medio considerado hoy ya según ellos como la crème-de-la-créme en el acortamiento de distancias.




El Metro ya no es cosa de pobres
Los caballeros y damas, junto con su séquito personal uniformado cual película de la II Guerra Mundial,  se sumergían pues en las entrañas del subsuelo para adentrarse en el Metro de Madrid. El pago de la entrada era algo que consideraban intranscendente, por lo visto, y mientras sus guardaespaldas-bufones distraían a reporteros y seguridad del transporte-mazmorra madrileño con un teatrillo de muerte bélica que hacía llevar a los espectadores al estupor, algunos ricachones pasaban las barreras entre la confusión y las sonrisas engalanadas para reunirse con más de sus secuaces de perlas plastificadas.

Pronto la multitud crecía. Los vestidos de oro falso y diamantes de chiribitas se reproducían por esporas, mientras los coros de la performance comenzaban a hacerse notar entre chiquillos, abucheos y mil otros sonidos inteligibles. Algunos simpatizantes menos elegantes se unían a la causa. La tensión y preocupación entre los guardianes de la serpiente subterránea era más que notable según aumentaba la masa opulenta en risa e ironía. Esta iba a hacer uso del servicio: la línea 1 de metro, dirección Pinar de Chamartín, ya estaba preparada.



Arriba, los protestantes se entrevistan entre sí.
Abajo, las dos "Duquesas" beben mientras son filmadas por un cámara.

Doce meses de recortes
El interior de los vagones no era tan espacioso como aquellos millonarios creían, pero a pesar de las estrecheces del espacio y del calor humano reinante en su transporte predilecto, la fiesta no podía parar. Durante la media hora de trayecto hasta el Pinar de Chamartín, los cánticos y las charlas no cesaron. Se produjeron algunos brindis incluso y muchas alabanzas hacia las duquesas barrocas, tan queridas por estos, que saludaban grácilmente, coquetas. Las pancartas de papiros eran izadas y golpeadas contra el cristal de los vagones, incitando en cada estación a aquellos despistados sobre su causa gritando alegres aunque con un cierto retintín.
Como si fuera Fin de Año, se bendijeron y aplaudieron cada uno de los siguientes meses de recortes que los ciudadanos íbamos a disfrutar. Algunas pegatinas fosforitas, colocadas en las pecheras de los millonarios madrileños, empezaron a desmadrar el evento con la consigna: “Proponemos otro tipo de recortes”, que acompañaba el dibujo de una guillotina. Pero no rodaron cabezas. La masa opulenta  en risa e ironía llegó al Pinar de Chamartín, aún más numerosa si cabe y todavía acompañada de su séquito, pero sin derramamiento de sangre... aunque quizá no de limonada (este transporte tan preciado, ya se sabe, no elimina ciertos sobresaltos durante el trayecto).  Ocupando la mitad del andén central, ricos y soldados reían, cantaban, bebían y gritaban sus consignas sin parar de saltar, drogados por la euforia y la adrenalina. Los escasos pasajeros, que aún desconocían su meta, los miraban con escepticismo mientras los guardias rodeaban a la masa hilarante con preocupación y disciplina.

Finalmente, el comité de nuevo subió a los vagones, esta vez de regreso hacia la Puerta de Sol. Algunos de los guardianes de la serpiente subterránea quedaron en la estación mientras susurraban a sus celulares de contacto órdenes apenas entendibles. Tenían miedo a un boicot en las líneas y a que la protesta se desmadrara en exceso. La masa falsamente ricachona se dividía y era más difícil no perderla de vista: los protestantes pretendían viajar en prácticamente todos los trenes que tuvieran la ruta Pinar de Chamartín-Puerta del Sol para así comunicar más eficazmente su malestar a los viajeros.

No obstante, por último, todos los festejantes terminaron concluyendo en el lugar de inicio, la Puerta del Sol, y, entre sorbitos de champán sin alcohol y algún que otro pisotón, continuaron coreando sus canciones hasta que se les terminó la voz mientras todavía parte de su público se hallaba desconcertado ante el espectáculo.
Dos jóvenes posan con una de las pancartas de la protesta.
Cristina García Ruiz

4 comentarios:

  1. Bastante interesante, Cristina.
    Tal vez se añora un poco que escribas tu opinión, pero bueno, no se puede tener todo, ¿no?

    Un estilo peculiar, muy barroca tu forma de escribir, tanto como algunos de los disfraces.

    Mi opinión:

    Te ha faltado contar cómo se comportó el pueblo llano al ver a los ricos tan de cerca.
    Seguramente muchos de ellos no entendieron lo que querían, o incluso, prefirieron reírse de las pintas de ellos antes de pensar del porqué de la "perfomance".

    Te ha faltado hablar de las reacciones de los Medios de Comunicación, algo que sin duda podría destacar debido a tanta (supuesta) manipulación, como ha sucedido por ejemplo en el 15M.

    A pesar de ello muy interesante, muchas gracias.

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    1. Hola, Tatterukai.

      Toma nota sobre tu consejo respecto a la opinión. Quizá en próximas entradas me atreva con una crítica, pero de momento me conformaré con hacer crónicas.

      He incluido un breve fragmento sobre un informativo de La Sexta explicando esta iniciativa, aunque supongo que podría haber incluido alguno más.

      Gracias a ti por escribir y un saludo.

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  2. Está genial, espero más publicaciones. Alguna forma de seguir este blog? :)

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    1. Hola, Guiller.

      Gracias por tu comentario. ¿Alguna forma de seguirme? ¿Leyendo...? Lo cierto es que no lo sé, porque soy algo nueva en esto del blog, pero me parece que puedes suscribirte al blog clicando en "Suscripción por correo electrónico".

      Espero haberte ayudado.

      Un saludo.

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