Ingobernable.
Así calificaba “El País” la situación política italiana en uno de sus últimos editoriales de febrero. El resultado de las elecciones en la nación mediterránea
no deja de ser una sorpresa, pero no es, desde luego, tan tremendamente
catastrófico como vaticinaba el periódico.
La
noticia de que Italia debe gobernar en coalición no es en sí una noticia. De
hecho, nunca ha sido noticia tal cosa. Ya en el año 1994 “Forza Italia”, el
partido político de Silvio Berlusconi, necesitó el apoyo de “Liga Norte” y ambos
gobernaron en una coalición de centroderecha. No es el único caso. Ya sea con
matices conservadores o liberales, coalición es el sello político de Italia. Esta
marca es un símbolo propio del país, que hasta el siglo XIX no era más que un
puñado de Estados fragmentados y enfrentados entre sí, los cuales fueron
unificados como una misma nación y obligados a trabajar unidos, esto es, en una
especie de coalición nacional.
Sin
embargo, al otro lado del Mediterráneo, en España el concepto de coalición suena
a inestabilidad. La experiencia de esta política ya resultó bastante
controvertida en Cataluña con el tripartito de Pasqual Maragall, Joan Saura y Josep
Lluís Carod-Rovira. España es, por tanto, un país acostumbrado al bipartidismo,
aunque en la actualidad plataformas ciudadanas, como el 15-M, indican estar
hartas de esta “tradición”.
La
renovación es una buena táctica política. No hace falta imitar a los italianos
y su “coalizione”, pero un bipartidismo menos rígido, con un consenso más
profundo con reminiscencias italianas, podría gustar a todos.
Cristina García Ruiz
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