John
F. Kennedy, Francisco Franco, Augusto Pinochet, Muamar el Gadafi y Hugo Chávez.
Cinco personalidades relacionadas con cinco naciones: Estados Unidos, España,
Chile, Libia y Venezuela. Cada uno de estos hombres ha marcado la Historia de
estos países. Algunos usaron su carácter dictatorial para cambiar su nación,
mientras que otros se valieron de la democracia. Sin embargo, todos son ya
Historia, todos han fallecido, pero existe una diferencia particular con uno de
los difuntos, Hugo Chávez.
El
más reciente de estos cadáveres, el del líder venezolano, solo puede verse si
acudimos a su capilla ardiente en Caracas, Venezuela. Ni fotografías ni vídeos
detallados nos acercan la imagen del comandante. Tan solo unos discretos planos
generales del velatorio tomados por una cámara semi-profesional y las declaraciones
de los ciudadanos de Venezuela nos ayudan a visualizar el cuerpo del líder, “muy
rejuvenecido” tras la muerte.
Mientras
sus colegas políticos ya fenecidos fueron fotografiados posando desde el ataúd
(algunos de ellos luciendo las terribles heridas que causaron su muerte), la
mano derecha de Chávez, Nicolás Maduro, ha decidido mantener a su cabecilla en
el mismo anonimato en el que vivió su enfermedad. Pero el puritanismo de Maduro
no es más que otra forma de exaltar la figura de Chávez y de hacer propaganda
política como nuevo comandante del país: el líder ha muerto, pero la revolución sigue viva en el corazón del pueblo, un pueblo con el corazón roto, que añora a
Chávez, y del que Maduro no tiene problema en aprovecharse con un discurso tan
populista como el de su antecesor.
Cristina García Ruiz
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